A mi hijo muerto

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Por Tony Pina
He aprendido a andar sin ti, hijo mío; he tenido que soñar o pensar en ti todos los días, hasta en las madrugadas, después de tu partida; he podido enfrentar tu ausencia; he tenido que enjugar mis lágrimas y acostumbrarme a vivir sin ti; a saber que te fuiste cuando creía que era yo quien me iría primero.

Rafael, te fuiste y, sin embrago, era yo quien creía que moría primero. ¡Qué equivocado estaba!

En este día de los Fieles Difuntos iré a tu tumba por primera vez en los dos años de tu partida; iré y no sé cómo me haré para ver el lugar donde tú descansas; sólo le pido que me dé la suficiente fuerza para resistir ese momento.

Hijo mío, contigo se fue mi alegría, ¡y tanto que tú me decías “papi, cuídate”!; y contigo se fue mi alma y con tu muerte se me va a cada minuto mi vida, pues ya soy un nombre hipertenso, diabético y de extremidades interiores con claudicación intermitente.

Así vivo, Rafael, y así transcurre mi vida lentamente camino a la muerte por más fuerte que me haga o quiera serlo.

Contigo, Rafael, también comenzó a apagarse mi vida.

¡Ay, si tú supieras de mis sufrimientos!

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