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El “chapeo”, las “chapiadoras” y la “vergüenza” social

Por Yildalina Tatem Brache

Cada vez que sacamos los escrúpulos de María Gargajo (lavaba muy bien el cascaron de los huevos para cocinarlos y escupía el sartén para saber si el aceite estaba caliente) no puedo evitar que “la rabia sea mi vocación”. Esto de hacer caer sobre las mujeres todo el peso de “la moral” me parece tan obtuso, trasnochado, inútil… Es una manifestación atroz de la resistencia a la eliminación de los roles estereotipados. 

Toda esta grandilocuencia expresiva para condenar a una joven que se autodenomina “chapiadora”, remite a la idea de las mujeres como las “Eva” que “engañan a los “Adán”. No entiendo como a los hombres les sigue pareciendo bien, que los coloquen en ese lugar de enajenados y débiles mentales a los que las mujeres “pervierten”. Sé que por una parte les ha convenido mucho, porque hacen todo lo que quieren y siempre son “exonerados”, porque son “las malas mujeres” quienes los pervierten (por favor noten la ironía).   

A una chica se le ocurre decir en un programa de radio, que ella se “enamora” desde que le “dan” cosas materiales, que ella ha “chapiado” y se ha relacionado con hombres casados; y eso dispara las alarmas.   Y se escuchan acusaciones que llegan hasta a responsabilizarla de la estructura de machismo que hace que los hombres no “valoren” a las mujeres. Que fácil resulta obviar toda la socialización perversa centrada en la masculino, que permite que a las mujeres el imaginario colectivo nos construya como personas de segunda categoría, y responsabilizar la conducta de una mujer de procesos históricos de discriminación.   

Ahora bien, ¿cuántas de las personas que han opinado que esta mujer es “lo peor de lo peor”, reaccionan públicamente con la misma indignación y virulencia con los hombres “viejos verdes” abusando de mujeres? ¿Cuántos videos se han “viralizado”, sobre la terrible realidad de cientos de niñas violadas? ¿Cuántos programas se han dedicado en estos días a condenar la inmensa cantidad de relaciones incestuosas que se están detectando? ¿Cuántas noticias ha leído describiendo a hombres asesinos y maltratadores como “buenos” y que nadie pensaba que podían cometer un hecho como ese? Siempre la indulgencia, siempre la comprensión; pero si es una mujer, rápidamente al paredón.

¿Qué es lo que nos duele? ¿Que la chica se atreva a decir con desenfado que en ese tipo de relacionamiento ella encontró una forma de producir dinero y que le ha ido muy bien? ¿Nos parece menos lacerante al “estatus quo” la prostitución que se vive en la clandestinidad o en una vulnerabilidad tan absoluta, que no nos representa una “amenaza”? ¿Este actuar, desde soy una “chica bien” que consigo que me “ayuden”, nos molesta tanto, porque lo sentimos amenaza?  ¿Por qué no produce la misma indignación que los hombres se exhiban con estas muchachas, por lo regular muy jóvenes como si fuesen “trofeos”? He dicho en varias oportunidades, pero vale la pena reiterarlo, que para que existan “chapiadoras” tienen que existir quienes quieran ser “chapiados”, no es una situación de “víctimas” y “victimarias”.

Socialmente a las mujeres se nos sigue construyendo en una paradoja que nos deshumaniza, que nos convierte en “lo alterno al centro del mundo masculino”, esa es la realidad que debe ser transformada, que esto siga siendo así, es lo que debería causarnos estupor y vergüenza. En lo personal a mí me parece que en la relación “chapiado” “chapiadora”, quien chapea lleva las de perder; al fin y al cabo, el intercambio es de dinero y cosas que se compran con dinero (la mayoría de las veces obtenido de manera cuestionable); y de la “chapiadora” ese hombre espera manifestaciones de afecto, tiempo, cariño, presencia, ¿sexo? y sobre todo espera subordinación ¿o ustedes creen que es gratuito lo que reciben? 

Me mantengo desde que tengo 17 años, y me enorgullece, porque para mí esa es la libertad. El dinero y los objetos son asuntos secundarios e instrumentales, necesarios, imprescindibles para garantizar la seguridad y la dignidad con la que me gusta vivir. El lujo no me deslumbra, ni lo necesito, la ostentación me resulta de mal gusto. Me encanta el confort desde la libertad de no tener que reírme de los chistes de nadie, si no me gustan. Así que si me preguntan si estoy de acuerdo con esa forma de vivir, mi respuesta es que vivir del “chapeo” no me parece buena opción; pero tampoco me parece necesario la mojigatería de “culpar” a las mujeres, por lo que buscan y hacen hombres adultos que en la mayoría de los casos son maltratadores.

Realmente sigo siendo una romántica, que cree en las relaciones desde la confianza, la atracción, el cariño, el respeto, la transparencia, la solidaridad, el deseo de estar en compañía, la gracia del compartir desde los sentimientos amorosos. Muy a pesar de que la violencia contra las mujeres me hace saber que el amor romántico puede ser una gran trampa, cuatro mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en 24 horas, el 7 de junio 2018, es la mayor evidencia. Por favor que la indignación colectiva sea por los abusos, la discriminación, el odio, la deslealtad, la violencia, la corrupción, no porque una mujer verbalice lo que pasa a diario y queremos hacer que no nos damos cuenta.

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