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¡Matémoslos y ya!

Por Joan Leyba Mejía

“Nadie mejor para espiar las acciones de los demás que aquellos a quienes nada puedan importarle”. –Víctor Hugo-.

La sociedad dominancia se encuentra y con justa razón, por los eventos delincuenciales suscitados en los últimos días, y por el cúmulo de delitos sin respuestas oficiales, en una fase de ansiedad colectiva que no nos permite actuar en condiciones normales. Obligándonos a vivir encerrados en nuestra propia, débil y aparente libertad.

El estado de zozobra en que vivimos, adjunto a otros fenómenos que por su naturaleza, revisten unas características especiales para poder llevar una vida más o menos sosegada y tranquila en nuestro mal llamado Pacto Social. Es tal; que el simple ruido de un motor activa las alertas neuronales del más descuidado de los mortales. La delincuencia azota sin aparente control a todos. No existe en este momento una sola persona que no haya sido, que no viva con, o no conozca a alguien víctima de ella. Y deja paso a una estela de llanto, luto y dolor.

Preocupa, sin embargo, la tibieza con la que el gobierno aborda el asunto; a través de programas poco efectivos para el tratamiento de un espectro que se produce y reproduce justamente por falta de políticas encaminadas primero: a su disminución y luego a una posterior y adecuada intervención; con ello se crea la sensación de que eliminando físicamente al infractor, se elimina de golpe y porrazo el flagelo. Llevando a la población ávida de soluciones, muchas veces, a tomarse atribuciones propias de los órganos competentes para el tratamiento de la misma.

Por eso no debe sorprendernos que se haya perdido el sentido de humanidad, sensibilidad social y solidaridad que caracterizaba al dominicano de antaño, y, que existan quienes en medio de dichas creencias, hasta se gocen de ver a un ser humano tirado en el piso, a causa de disparos propinados por otro que a lo sumo también ha de convertirse, o  ya se convirtió, en delincuente. Todo por atravesar las mismas penurias que condujeron a ese mundo, al desdichado que yace tirado, sin alma… sin vida-.

No sería en vano entonces, resaltar para aquellos que amparados en una ignorancia construida desde los sistemas de control social, con la anuencia y la participación activa del gobierno. Que ni las cárceles ni las balas detendrán el ascenso progresivo de esta delincuencia brutal. Que ningún Estado ha podido reducir sus efectos sin las intervenciones socioeconómicas que busquen antes que nada, sacar de la profunda miseria a la gente. Que para hablar de reducción de delincuencia es necesario haber reducido primero la ignorancia y la pobreza, y con ellas todos los fenómenos que se derivan de las mismas.

La gente indignada pide sangre, pedimento que se refuerza desde los aparatos punitivos del Estado. Anhela, también,  la vuelta de un sistema donde impere el ojo por ojo y diente por diente, sin pensar quizá que esos hijos, podrían ser sus hijos. Sin tomar en consideración que quitarle la vida a alguien, aun cuando sea el más vil y ruin de los criminales, no resuelve por más que nos insistan en esa falacia, ningún conflicto social derivado de la escasez de oportunidades y la negación rampante de un Estado de Bienestar a los ciudadanos de los sectores marginados.

Todo apunta a la debilidad institucional, habitual en los estamentos públicos y por la falta de un régimen que en vez de buscar llegar a las últimas consecuencias, prime el origen del delito como fórmula básica para subsanarlo, que no habrá por lo pronto ninguna solución real. Ni un régimen de igualdad dirigido a eliminar “¿A quién? -para continuar con Víctor Hugo- A la miseria. Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, a la desnudez. ¡Pacto doloroso! Un alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta”.

Y si no fuese posible lograr erradicar todo aquello que empuja a nuestros jóvenes a delinquir para subsistir, en medio de las calamidades a que han sido sometidos por los gobiernos irresponsables del PLD. Acudamos, entonces, al llamado de los insensatos que gritan por doquier, sin el menor de los remordimientos y sin mirar hacia los suyos. Y como si esto fuera entonces la panacea: ¡Matémoslos y ya!

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