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¡Queremos a Johnny, no a Falcón!

Tony Raful

“Hay que tratar con cuidado con las historias viejas, se parecen a rosas marchitas que se deshojan al menor contacto”.
(Selma Lagerlof)

La trascendencia del debate y las informaciones que afloran sobre el destino del exjefe de Seguridad del tirano Trujillo, coronel Johnny Abbes García, han logrado actualizar la indignación ciudadana sobre los horrendos crímenes cometidos bajo su dirección. Cientos, quizá miles de jóvenes, para quienes el estudio de  la historia es obsoleto, incorporados como están a la Era digital y a lo que Zygmunt Bauman llamó el “tiempo líquido”, se han visto de súbito  frente al misterio de una desaparición que los convoca a conocer la tragedia de lo que significó la “Era de Trujillo”, ya casi olvidada por las nuevas generaciones, y vendida como período de progreso material, orden y estabilidad financiera.

Lo que no han podido lograr volúmenes de historia dominicana martillando el nombre de Trujillo, parece haberlo logrado de golpe y porrazo, el misterio de la desaparición de Abbes García.

Johnny Abbes ha retornado en las fauces del misterio insondable. Este “personajillo”, insignificante social y políticamente, logró conquistar el corazón del dictador y pudo enrolarse en la maquinaria del crimen, que apuntaló el régimen de sangre y fuego que padecimos.

Algo debió tener, para que Trujillo se fijara en él, lo enviara a estudiar cursos de investigación y espionaje a México, en 1955, y luego lo asumiera como el prospecto más esperanzador de su legado homicida.

Los humanos tenemos condiciones congénitas que a veces  no logran desarrollarse, gente que viven vidas apacibles y decentes, porque las tendencias ocultas reprimidas sicológicamente por la cultura y las leyes,  sólo afloran cuando las condiciones  propicias facilitan que se expresen. De ahí que personas consideradas santas y honorables, se conviertan en “demonios” en un momento  inefable e imprevisto.

En la medida en que el conocimiento o búsqueda de Johnny se propaga, aparecen versiones, cada vez más disparatadas. Lo real, inequívocamente real, es que nadie  ha podido confirmar la muerte de Abbes. No apareció nunca el cadáver ni el Gobierno haitiano confirmó esa muerte, ni otra instancia gubernamental de aquella época. No existe legal ni testimonialmente la constancia de su “muerte”.

Me parece insostenible la tesis de quienes se arriesgan a decir que la muerte de Abbes fue “confirmada” en Haití en 1967. ¿Dónde y cuándo  fue “confirmada”? El presidente Duvalier nunca lo hizo, los servicios de seguridad haitianos tampoco. Todo ha sido especulaciones.

El expresidente Balaguer dio a conocer un informe enviado por el “calié”, Carlos García Mendieta (alias Carlita), entonces Cónsul  dominicano en Puerto Príncipe, quien había estado preso en “La Victoria”, cuando en 1962 fueron capturados numerosos confidentes y asesinos al servicio de Abbes, y quien luego, en medio de la impunidad cómplice, logró escapar del recinto carcelario.

Balaguer abjuró de ese informe posteriormente, cuando retiró la obra en la cual había adjuntado el informe de Carlita y jamás volvió a hablar de la supuesta muerte de Abbes.

Yo tengo en mi poder por lo menos seis versiones distintas sobre la muerte de Abbes, contradictorias y falsas. Y ahora  veo una nueva información “categórica” que dice que militares dominicanos fueron a Haití a darle muerte a Abbes,  o sea, que no fueron militares haitianos.

El libro escrito a mano por Abbes, “Trujillo y Yo” desapareció con él, y reapareció no como algunos dicen, en manos de García Mendieta o Balaguer, sino que fue a parar a manos de Stanley Ross, vinculado a la CIA, quien había fundado en el 1947, el diario dominicano “El Caribe”, luego dirigió de 1955 a 1962, “El Diario de Nueva York”, luego de 1962 a 1969 dirigió el periódico “El Tiempo de Nueva York”.

El libro de Abbes donde primero llega es a manos de Ross, y éste lo publica por fragmentos en su diario. Aquí en nuestro país, el lenguaraz, Tomás Reyes Cerda, dirigía un periódico en 1967-68, que se editaba en los talleres de la desaparecida publicación, “La Nación”, y empezó a publicar por capítulos, el libro de Johnny todas las semanas, que se lo había autorizado Ross.

Un día  dejó de publicarlo. ¿Por qué? Porque cuando iba a publicar la próxima entrega, leyó que Abbes lo acusaba, a Reyes Cerda, de haber sido “calié”, a quien el SIM lo infiltró en un aparatoso asilamiento en la Embajada de México en el país a mediados de los años 50 para que espiara e informara sobre los otros asilados, Abbes revela que Reyes Cerda siguió trabajando por un tiempo en México con él.

De ese libro de Johnny faltan todavía varios capítulos que fueron suprimidos después que Ross le envió el libro a Balaguer. El mensaje de Abbes según me contó  doña Gloria Bolaños, es que viene un nuevo libro. Parece que no fue casual que el libro de Abbes llegara primero que nadie a manos de Ross en New York. ¿Lo remitió Abbes o la CIA a Ross? ¿O fueron ambos a la vez? Ross se lo despachó a Balaguer, Reyes Cerda y a Germán Emilio Ornes, porque fueron citados por Abbes.

En medio de la discusión pública que ha suscitado la presencia en el país del narcotraficante cubano, Willie Falcón, condenado en Estados Unidos, nos atrevemos  a pedir, una vez se confirme la existencia indeseable de Abbes, en lo cual trabaja un equipo de “rastreadores” profesionales que en la ciudad de New York dicen tenerlo ubicado, y que atestiguan haberlo visto, que las autoridades de ese país no nos vuelvan a mandar a otro  Falcón, a éste se lo pueden llevar de nuevo, que nos manden ahora a Johnny Abbes. Lo celebraríamos en las calles y en  los  caminos de la Patria, donde tanta sangre útil se derramó por la libertad.

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