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La bala de Alan

Por Dalton Herrera

Con el suicidio del expresidente del Perú, Alan García, me  llegó a la mente la muerte de Antonio Guzmán Fernández, en 1982.

No viví aquellos momentos y solo puedo referirme a ese hecho mediante  libros de historia, relatos y testimonios de personas que sí recuerdan aquel 4 de julio, y que casi de manera unánime afirman que al igual que Alan, el expresidente dominicano tomó la trágica decisión de quitarse la vida por el acoso y los señalamientos de corrupción a su gestión gubernamental.

¿Hay diferencias entre ambas figuras históricas? Pues claro, TOTALMENTE; a Alan siempre lo habían tildado de corrupto durante sus últimos 30 años de hoja política y solo optó por quitarse la vida cuando finalmente iba a ser expuesto como un trofeo de lucha contra la corrupción, con grilletes en sus manos y acabado, mostrado ante el mundo como un gladiador derrotado para atraer a espectadores que solo ansían un matadero dentro de una especie de coliseo romano.

Mientras que a Antonio Guzmán lo consideraron todo lo contrario. Un hombre honesto, campesino y llano. De trato duro pero humilde. Un presidente que hizo soplar los primeros aires de verdadera democracia con la liberación de presos políticos y el recibimiento de todos los exiliados y desterrados del país. Pero quien nunca pudo contrarrestar aquel vox pópuli sobre la corrupción de funcionarios y familiares que corrompieron su Gobierno.

¿Más diferencias? Obvio, la justicia del Perú investigaba a Alan de forma directa por sus posibles vínculos de lavado y tráfico de influencias con la empresa Odebrecht. Y ningún miembro de su propio partido le tenía montada una persecución como en este caso lo tuvo  Antonio por parte de su propio compañero de lucha política, Salvador Jorge Blanco, quien a juzgar por sus señalamientos de esa época parecía ser que su predecesor había sido el presidente más corrupto de la historia dominicana, y por tal razón; tenía que pagar las consecuencias de sus actos, dígase meterlo preso y botar la llave.

Desesperación
Cuán terrible debe ser alcanzarlo todo, incluyendo una página en la historia. Y de buenas a primeras estar a punto de terminar en un calabozo, odiado y repudiado por la mayoría de tu pueblo.

Aquel disparo en la cabeza de Alan no solamente impactó su cuerpo ni al Perú. De hecho, ese impacto de proyectil no solo conmocionó a la opinión pública mundial. Estoy completamente seguro que la bala que atravesó al expresidente peruano también alcanzó a otras personas, quizás no física, pero sí mentalmente.

Una pausa, algún reflejo, pensamiento o vistazo al futuro; aunque sea una pequeña fracción de segundos, pero es seguro que aquel tiro pasó por la mente de muchos mandatarios y exmandatarios de Latinoamérica, eso lo daría por hecho.

Es normal verse en el espejo de un hombre que estuvo en la cúspide y que descendió como un Boeing en llamas hacia el precipicio.

Sin ser Morfeo puedo dictaminar lo siguiente: No hay dudas de que el suicidio de Alan García le quitaría el sueño a cualquiera que también esté transitando en esos mismos senderos que él recorrió.

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