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De Alofoke a Botello

Por Juan Carlos Guerra
En el siglo pasado una declaración de José Francisco Peña Gómez, Juan Bosch o Joaquín Balaguer dominaba la conversación de los dominicanos con cierta facilidad. Y no me refiero únicamente a la opinión publicada, hablo más bien de lo que pasaba en el colmado, en la barbería o en el concho con las ideas expresadas por el liderazgo de la época.

Sin embargo, eso ha cambiado. No importa que los políticos expresemos nuestras opiniones a través de un tuit, un estado en facebook o un story por instagram, a la gente parece importarle cada vez menos de que hablamos o hasta que pensamos.

Para muestra un botón: mientras la carta de Bob Menéndez pidiendo evitar una nueva reforma constitucional rodaba por las redacciones de los periódicos impresos muerta por irrelevancia social, la atención de la abrumadora mayoría de los dominicanos la ganaba el testimonio brindado sobre las interioridades de su proceso de divorcio por la bellísima y adorable ex esposa de Mozart La Para, Alexandra Hactu, a Santiago Matías en un Alofoke Sin Censura colgado en la madrugada de este lunes en su canal en Youtube.

El pueblo, conocedor de la fragilidad del ego de los políticos, aplaude a rabiar nuestro discurso, no porque lo conquiste la arenga o le seduzca la idea de que la democracia está en peligro si no nos elige, sino para que terminemos rápido y le cedamos el protagonismo en escena a Bulin y su rapidito o a las caderas hipnóticas de Natti Natasha

El camino fácil para explicar este fenómeno puede ser adoptar la tesis de Vargas Llosa que refiere que vivimos en una civilización del espectáculo en donde lo trivial, lo lúdico gana en espacio y tiempo a lo trascendente. Sin embargo, la razón es algo menos compleja. La apatía social hacia los políticos descansa en que nosotros le hablamos al espejo, en vez de conversar con la gente.

Seamos claros: ¿a cuántos dominicanos, más allá de las fronteras de la militancia partidaria activa, les interesa conocer cuales legisladores son llevados a la función circense del paredón moral? Los políticos ganaríamos la atención de la gente si en vez de distraernos en nuestras disputas por ostentar un cargo, nos dedicamos a proponer soluciones audaces a sus problemas.

De tanto repetirlo todos hemos asumido como un principio pétreo aquello de que a la gente no le interesa la política, pero realmente se trata de una forma elegante, y cobarde a la vez, de negarnos a reconocer que la ciudadanía pasa de la política, porque los políticos pasamos de los ciudadanos.

Empecinados en engañarnos a nosotros mismos, acudimos al recurso de atraer a la gente con el cebo de sus artistas y figuras del espectáculo favoritas, cuando saldría mucho más económico y efectivo si en vez de expresar cansinos discursos sobre por què yo y no aquel, empezamos a hablarle a nuestros compatriotas para què nosotros.

El pueblo, conocedor de la fragilidad del ego de los políticos, aplaude a rabiar nuestro discurso, no porque lo conquiste la arenga o le seduzca la idea de que la democracia está en peligro si no nos elige, sino para que terminemos rápido y le cedamos el protagonismo en escena a Bulin y su rapidito o a las caderas hipnóticas de Natti Natasha.

Los políticos solo atraeremos la atención sincera de la gente, en la medida en que empecemos a incluir en nuestro discurso soluciones a sus problemas, demandas y aspiraciones.

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