¿Quieren los americanos al PLD?

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Por: Guido Gómez Mazara

La concepción de guerra fría generó toda una cultura de observación y control de los procesos políticos en el mundo. Aunque nuevos parámetros y prioridades se perciben en el Departamento de Estado, no es iluso pensar que en el marco de una nueva administración caracterizada por una ofensiva proteccionista, seducida por control fronterizo y afanada en reducir las acciones terroristas, el Gobierno estadounidense no se interesaría por un reordenamiento electoral en la región.

Desde la lógica y mentalidad del gobernante norteamericano, lo latino anduvo marginalmente en el gran debate político. Ya en el Gobierno, retrasar la fluidez en las relaciones con Cuba y cercar la administración del mandatario Nicolás Maduro constituyen elementos distintivos que expresan una voluntad política muy clara.

Pensar que el expediente de lo “dominicano” define un elemento esencial en el Departamento de Estado no es honesto. Ahora bien, en el marco de las políticas definitorias es entendible que aspectos singulares, en el diseño de reglas a implementar, entran en contradicción con los deseos de reformular los equilibrios y gobiernos que desde la llegada al poder de Hugo Chávez posibilitaron un viraje ideológico obtenido por vía de los votos.

Vale la pena recordar, un mapa electoral totalmente diferente tomó al continente por sorpresa que, acompañado del incremento de los precios del petróleo y la expansión de la inversión china por estos lares, provocó aires de independencia impensables dos o tres décadas atrás. Gobiernos exitosos y de amplio respaldo hicieron de sus gestiones espacios para la activación de políticas populistas en capacidad de inflar sus apoyos electorales y perpetuarse en el poder utilizando métodos no del todo decentes. Ahora que el desmantelamiento en Argentina, Brasil, el éxito del MUD en Venezuela, la potencialidad de Piñeira en Chile y la derrota del Gobierno de Evo Morales en demarcaciones emblemáticas, expresan un cambio de actores políticos y la bancarrota de propuestas construidas sobre el desmantelamiento del viejo orden partidario.

En la República Dominicana debemos leer con mayor amplitud la realidad nuestra en el contexto de los intereses de Estados Unidos. En el terreno práctico, los aspectos de corrupción y combate a la impunidad se inscriben en el nuevo modelo y concepción de un Departamento de Estado que de este lado de la región, quiere perseguir los excesos administrativos sin importar la jerarquía social y política de los responsables. Antes, el país asimiló procesos judiciales contra banqueros que llegaron hasta las últimas consecuencias porque la activación de mecanismos persecutorios se asoció al interés estadounidense. Ahora, una parte importante de expresiones partidarias bananeras olvidaron que el monto de sus operaciones financieras tocaron suelo norteamericano mal creyendo que tanto los paraísos fiscales como depósitos de negocios simulados podían burlar la observación y control bancario. Tantos años en el poder del PLD, provocan no solo un cansancio en el orden local sino una alerta desde el Departamento de Estado, que edifica su sentido de equilibrio político sobre un criterio fundamental: la alternabilidad. Por eso, los no disimulados comentarios y hasta parcial endoso hacia ofertas electorales distintas al oficialismo.
Es innegable que los intereses estadounidenses, en lo que respecta al caso dominicano, podrían sentirse a gusto con un cambio. No obstante, la voluntad transformadora necesita un caudal de simpatías que hagan posible electoralmente esos anhelos. Constituye un error de las propuestas partidarias adversas al PLD creer que los deseos “pura y simplemente” representan una salida del poder del partido que gobierna la nación desde el año 2004. Y no es así!
Desde el inicio del proceso de transición democrática, el caudal de votos de los dominicanos coincidió con la voluntad de cambio de la comunidad internacional.