¡Terminar bien!

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Por Guido Gómez Mazara

José Francisco Peña Gómez nos enseñó a ser plurales, democráticos, tolerantes y respetuosos del disenso. Así, interpretaba valores y expresaba la calidad y perfil de un político de verdadera estirpe porque entendía la dinámica de los procesos sociales y económicos, enarbolando banderas de luchas que llegaron antes de que él, y sirvieron para que se constituyera en un referente excepcional.

El día de su muerte terminó con un juicio de altísima consideración en la ciudadanía, y amplios sectores que, sin coincidir con sus ideas, reconocieron su hombría de bien y contribución a las luchas democráticas. Contrario, a un ejército de hombres públicos, que su escaso sentido de la historia no les permite entender el veredicto fatal de los pueblos al observar el triste final de figuras merecedoras de una conclusión de sus días con mayor dosis de decoro.

No es prioridad del servidor público, líder empresarial, social o político tratar de que, en el justo balance de su existencia, exista más oro que escoria. Otros, se levantaron ante inicios fatídicos, inimaginables para los que con el paso de los años, no asocian sus gratos momentos finales a turbulencias iniciales.

Henry Ford, creador e inspiración de la compañía que lleva su apellido y encabeza las ventas automovilísticas en el mundo, le imponía a sus vendedores a distribuir su periódico antisemita donde se asociaba a los judíos a las peores causas de la sociedad, asociándose por años a Adolf Hitler recibiendo la Gran Cruz del Águila Alemana debido a la multiplicidad de armamentos y carros ideados durante la Segunda Guerra Mundial a favor de ese monstruo.

Hugo Boss, no sólo explotaba a los prisioneros de guerra en sus fábricas, sino que diseñaba los uniformes utilizados por el ejército nazi. Y la gran Coco Chanel expandió su emporio de la costura y brindaba servicios a una causa que atropelló a millones de seres humanos. Ejemplos de que el éxito y la acumulación cuando se consiguen por vías indecorosas termina encontrando al responsable y emitiendo juicios sancionadores, sin importar el paso del tiempo. El relato de Matt McNabb es rico en auscultar la tragedia de no terminar bien.

Rober Mugabe, inicialmente era un líder emblemático de Zimbawe. Consiguió su independencia de Inglaterra, sus luchas le llevaron a prisión. No obstante, ese afán de perpetuación provocó un desfase entre el ídolo que terminó siendo el dictador, odiado por todos. Nadie imaginó que esas energías para construir la patria inclusiva de todos en 1980, antes que apartheid, concluyera en 37 años de poder, rendido ante una esposa llena de ambiciones, deseosa de sustituirle y un pueblo asqueado por sus excesos.

Referencias que trascienden las fronteras locales pueden servir de ilustración para una sociedad que, como la nuestra, tiende a ser “rica” en claras manifestaciones de turbulencias finales y genuflexiones capaces de derribar toda una vida correcta. Como de costumbre, evoco la carta del irrepetible Américo Lugo que en pleno apogeo trujillista no permitió que sus luces intelectuales colapsaran frente a la ira de un tirano, y transitando el camino del decoro, entregó su contrato con el Estado en aras de que su obra intelectual no se desvirtuara.

Siendo afectos por gente con antecedentes profesionales, largas horas de ejercicio jurídico a las causas democráticas y tengo la preocupación de que, como en la antigua Roma, al escribir La Eneida y después de 11 años de creatividad poética, dotando a su patria de una épica y vinculando su cultura con la tradición griega, su tumba era motivo de peregrinación y admiración, y que una trastada de la vida, al Virgilio tropical, caribeño y militante, un filibustero partidario le “utilice” para servicios finales revestidos de modificación estatutaria que terminen depositándolo en el zafacón de la historia.

¡Así no, Virgilio!

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