Venezuela, el dolor de América

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Por Yvelisse Prats-Ramírez de Pérez
yvepra@hotmail.com

Recuerdo vívidamente la Caracas que vi por primera vez; en el año 1976.

Una ciudad moderna, con torres que aún no existían en Santo Domingo se desplegaba en primer plano; un tránsito vehicular intenso completaba la impresión de progreso.

Pero, aguzando la vista, se percibía tangenciando con el confortable núcleo capitalino, las “casas de cartón” que conocíamos a través de la canción de Los guaraguaos. Mostraban crudamente la heterogeneidad económica y social, propia de la desigualdad que caracteriza nuestro subdesarrollo. Esa cruda bipolaridad centro-periferia siguió asomándose cada día, al salir por la puerta del hotel donde se hospedaba la comisión de la UASD de la que formaba parte.

En los record internacionales, sin embargo, Venezuela aparecía en ese año 1976, como un país cuyo crecimiento económico iba viento en popa, comparado con otros vecinos de la región.

La razón es simple: mientras República Dominicana, por ejemplo, mantenía un modelo económico atrasado, basado en exportar a bajo precio productos agrícolas. Venezuela explotaba un tesoro que se presumía inacabable, el petróleo, beneficiándose con los altos precios que tenía en el mercado mundial.

Esa racha de prosperidad, no obstante, al no existir un régimen político social que redistribuyeran el ingreso, favoreció solo a las “castas” venezolanas, que se daban la gran vida en Europa, dejando intacta la estructura de pobreza y atraso.

Era que en Venezuela, después de un ciclo de dictaduras intermitentes, se instaló una democracia formal, con sus dos grandes partidos, los adecos y los copeyanos alternándose en el poder, sin ir más allá del respeto a las libertades y derechos de primera generación. A pesar de que en sus liderazgos se encontraba Rómulo Betancourt, prominente miembro de la llamada “Izquierda Democrática” en América Latina, el sistema político venezolano no era “La democracia con pan” de la que habló Peña Gómez, la riqueza emanada del petróleo siguió concentrada en la cúspide de la pirámide social.

Había diferencias con República Dominicana: aquí se sumaba a la pobreza, el crimen, en los 30 años de Trujillo, y en los 12 años aquellos de Balaguer, medio siglo de silencio y de miedo.

Como los hechos pesan más que las palabras, la “democracia” venezolana empezó a agujerearse hasta que hizo aguas.

Una voz potente, una personalidad magnética, surgió en uniforme militar, enardeciendo los ánimos, se hizo eco de los duelos y necesidades de los oprimidos y arremetió contra los abusos. Su mensaje prometió redención, se volvió creíble, posible. Hugo Chávez, se irguió, con talante mesiánico, interpretando en una nueva clave las ideas de Bolívar.

Golpista con causa, presidente legal y legítimo, Chávez produjo cambios que mejoraron la situación de los más pobres, que eran muchos: un 81% de venezolanos, cuando él llegó al poder.

Como líder mesiánico, Chávez entregaba infatigablemente recursos, ayudas, en remotos parajes olvidados. No pareció, sin embargo la sencilla verdad de que la revolución y el “dao” no son la misma cosa. Su Revolución Bolivariana, su Socialismo Siglo XXI, pese a su relación con Cuba y con Fidel, no pudo producir finalmente, la transformación de las estructuras capitalistas, el cambio de un sistema económico dependiente del petróleo.

Mitigó la pobreza, pero su gran Proyecto solo puede, a las luces de un análisis desapasionado, tipificarse como un ejercicio de populismo de izquierda no condenable, pero que dejó viva la entraña del sistema anterior.

Al morir Chávez, se perdieron la magia de su figura y de su verbo.

Su Sucesor, carente de las calidades magnéticas, y de su inteligencia excepcional ha gobernado erráticamente Venezuela.

El país, golpeado por la crisis de los bajos precios del petróleo, quedó atrapado por su dependencia a un mercado único, que no se ha sabido diversificar.

Abrumado por precariedades indecibles, que se agravan por la intolerancia de un Presidente estólido, casi cerril, que caricaturiza, queriendo imitar a Chávez, con su gobierno militarizado, y una intolerancia total a la oposición, Venezuela sufre, y con ella, los que en este continente amamos lo que Bolívar soñó para ella, y para la Patria Grande.

Cuando se piensa en soluciones, hay pesimismo. Sin partidos políticos fuertes, la oposición desmigajada, su fuerza es solo la debilidad de Maduro y las carencias populares, no hay un proyecto nacional, faltan líderes con experiencia y sentido social verdadero.

No se ve un horizonte definido, ni hablar de ocupaciones militares inaceptables, esa angustia que crece cuando en la TV oficial se solicita una ampolla de penicilina para uso en hospitales públicos.

Frente al drama solo queda decir como en el título de este En Plural: el dolor venezolano de américa.

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