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Cuadrilátero de ideas

Por Guido Gómez Mazara

Hasta un pragmático sin estructura teórica en el marco de su aspiración política como Rafael Trujillo Molina necesitó del esfuerzo conceptual e inteligencia de Arturo Despradel, César Rafael Tolentino, Rafael Vidal Torres que, bajo el artilugio poético de Tomás Hernández Franco, orquestaron con nombre de “la revolución más bella” los 31 años de dictadura. Inclusive, un acto de aberración intelectual sin precedentes provocó la publicación del álbum simbólico para que una franja importante de escritores, poetas y académicos exhibieran asquerosamente sus loas al régimen.
Todo el péndulo de vida republicana demanda una idea, un concepto y el conocimiento indispensable para el ejercicio público. Por eso, en el marco del comportamiento arrítmico de la sociedad existen parámetros elementales que al desbordarse provocan señales básicas para un reordenamiento. Aquí no nos estamos dando cuenta, pero la escena partidaria anda divorciada de los requerimientos elementales para el adecuado desempeño porque la lógica en las organizaciones políticas está pautada por la cultura de lo clientelar, despojando el aire fresco del debate sustancial y el argumento inteligente, como resultado del reinado de una insuficiencia del conocimiento en la que el bolsillo impone liderazgos.
El país pudo deleitarse con Rafael Kasse Acta, Caonabo Javier Castillo y doña Ivelisse Prats en la Cámara de Diputados, expresando desde sus discrepancias ideológicas la riqueza del conocimiento. Milagros Ortiz, Eduardo Estrella y José Tomás Pérez, garantizaban un desarrollo senatorial sin mañas ni cuentos chinos. No confundan la calidad con criterios exclusivistas en capacidad de hacer del hábito de aspirar sinónimo de concepción elitista y/o intelectualoide.
El quiebre de la política actual es el resultado de la bancarrota formativa de la mayoría de sus exponentes. Por eso, hay que retornar la actividad partidaria al cuadrilátero de las ideas para que los ciudadanos puedan seleccionar las opciones sin que la fuerza del dinero imponga representantes. Y es que lo doloroso es darse cuenta que la millonaria inversión publicitaria y enorme capacidad para comprar los hacedores de opinión está directamente asociada a la debilidad teórica, incapacidad de comunicar y escaso sentido de la historia del paquete de aspirantes que nos invaden con sus mensajes en la radio, televisión y redes, creyéndose que pueden convertir en milagro el barro.

Los procesos de involución están claramente expresados en el Partido Revolucionario Dominicanos (PRD) y Partido de la Liberación Dominicana (PLD) porque el proceso de construcción de ambas organizaciones obedeció a conceptos alrededor de luchas democráticas, combatir la dictadura y darle continuidad a la obra del padre fundador de la patria. Por eso, con virtudes y defectos, los hombres y mujeres que invirtieron sus mejores años estructurando las dos organizaciones emblemáticas nunca imaginaron la ruptura con las raíces esenciales y el deterioro que habilitó el culto al pragmatismo y afán de hacer del dinero el mecanismo de validación de las aspiraciones y liderazgos.
El hecho de que Miguel Vargas Maldonado administre las siglas del PRD constituye la prueba por excelencia del descalabro ético de la organización que, por el sentido de inteligencia e intuición de la sociedad, no puede someterse al escrutinio ciudadano porque sabe los porcentajes de rechazo.

En ese mismo sentido, la aparición de Gonzalo Castillo como opción presidencial del sector de Danilo Medina refleja como el culto a la acumulación se traduce en una aspiración edificada por la fuerza de los recursos públicos.

Gonzalo Castillo es el Miguel Vargas del PLD. Se parecen, nadie conoce de sus ¿ideas?, no le fascinan los libros, difícilmente tengan sentido de la historia, desdeñan la discusión académica y su razón de ser en el marco de sus aspiraciones están amparadas en el dinero.
¿Los dos podrán sobrevivir en el cuadrilátero de las ideas?

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