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Baúl de la ira

Por Guido Gómez Mazara

El talento comenzó a perfilarse en las aulas universitarias de la Universidad de Odessa, aunque fracasó en 1905, tanto en la revolución como en la estructuración del primer sóviet, sus huesos llegaron a Siberia en calidad de deportado.

Eso sí, cuando derrocaron a Nicolás 2, Lenin pudo aquilatar sus condiciones y en múltiples ocasiones se le asumió como el sustituto. No obstante, Stalin iniciaba una cruzada aviesa para sacarlo del partido, deportarlo a Kazajistán y enviarlo a México, y allí desterrado, la mano de Ramón Mercader terminaría con la vida del legendario Lev Davidovich Bronstein, mejor conocido como León Trotski.

Carlos Franqui mantuvo un eterno dilema entre la militancia y su noción de libertad intelectual. Por eso, antes de distanciarse formalmente de Fidel Castro y la revolución cubana, había ganado admiración y respeto por su significativa participación en el movimiento 26 de julio, torturas recibidas y con el triunfo de los barbudos en enero de 1959, la compensación política de designarlo director de la revista Revolución.

Su condición de libre pensador lo alejó definitivamente de su patria y todo el proceso revolucionario, encontrando en la firma de protesta por la invasión rusa a Checoslovaquia en 1968, la razón del divorcio final.

Sergio Ramírez ingresaba con la categoría de comandante por las calles de Managua el 5 de julio de 1979. Por 5 años se desempeñó como vicepresidente y sus dotes de fino intelectual comenzaban a chocar con la lógica pragmática de sus compañeros de armas que no entendían al pensador que desde 1977 junto a un grupo de académicos apoyaron al FSLN en la intención de desplazar del poder la tiranía de los Somoza.

Irónicamente, en la interpretación retorcida del gobierno, tan singular en nuestras tierras, sus enemigos pensaron que lo derrotaban sin entender que los galardones de premio Carlos Fuentes (2014) y Cervantes (2017), constituyen un pasaporte excepcional hacia la trascendencia.

Un sello distintivo del ejercicio político degradado tiene de común denominador obstruir los talentos y rechazar todo esfuerzo de cohabitación, auspiciando que la norma de estimulo e incorporación de los de mayor capacidad y condiciones sean sustituidos por abrirle los espacios de participación a los menos aptos, pero garantes de eternizar control y larga vida al ungido.

Y el tinglado se articula alrededor de los miedos provocados por voces discrepantes que, ante la cultura de servilismo y genuflexión, se constituyen en piezas peligrosas en la preservación del régimen de privilegios ejercido por los áulicos de siempre que están dispuestos a entregar hasta su decoro, a cambio de mantener la gracia del amo de turno.

Las sociedades no avanzan cuando sus actores calcan la jurisprudencia funesta de los servidores públicos caracterizados por edificar un baúl de ira ante cualquier exponente con destrezas y competencias incuestionables.

Ramón Cáceres y su primo Horacio Vásquez, se llenaron de gloria el 26 de julio de 1899 al ajusticiar a Ulises Heureaux, pero no exhibieron la grandeza y racionalidad de entenderse porque hicieron de una aspiración fuente de distanciamiento insalvable. Augusto Lora organizó el reformismo y las fuerzas conservadoras para habilitar las posibilidades de retorno en 1966.

Ganó Joaquín Balaguer y el “pago” al arquitecto de su victoria se tradujo en impedirle una aspiración en el año 1970, estimulando a un grupo de jóvenes bajo la sombrilla del MNJ, cuyo principal exponente terminaría lacerado por el puñal rastrero que estimuló su rol sedicioso. José Francisco Peña Gómez sirvió de puente ideal en las victorias de compañeros que luego se constituyeron en principales obstructores de sus posibilidades electorales.

Afortunadamente, sirvió de base esencial para los resultados electorales del pasado 5 de julio. Ahora bien, la génesis del conflicto interno en el PLD tiene en las reyertas privadas, afán de perpetuación y deseos inmisericordes de impedir a su competidor interno, la raíz del descalabro de una organización partidaria con 16 años en el poder.

Y la lectura inteligente consiste en no imitar una tradición llena de baúles de ira que impiden la sucesión y respeto al que lleva la delantera porque tropezar con la misma piedra es un acto de torpeza sin precedentes.

Ayudando a enmendar errores, esperando que el ritmo de la gestión avance y susurrando con buenas formas las preocupaciones legítimas, llegamos a buen puerto.

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