Miedo

Por: Felipe Vallejos

La palabra que para Donald Trump significa poder, fue el título con el que el afamado periodista norteamericano Bob Woodward tituló el primero de dos libros, hasta la fecha, dedicados a la presidencia de Trump. En él, se explayó sobre el caos reinante en la Casa Blanca y cómo, sin brújula ni guion que se respetara, convirtió su administración en un triste espectáculo con peor final.

“El verdadero poder es el miedo”, decía Trump en una entrevista el 31 de marzo del año 2016, cuando aún era solo un contrincante más dentro del Partido Republicano y parecía poco probable que saliera airoso de dicha contienda. Vaya sorpresa, aplastó a los demás candidatos y se hizo con la candidatura que lo haría enfrentarse a la experimentada Hillary Clinton en las elecciones de noviembre de ese año.

Lo de Clinton fue tan estrepitoso que tuvo la imperiosa necesidad de escribir sobre su derrota- Lo que pasó (2017)-. Meses antes, en uno de los debates que sostuvo con Trump, se despachó una premonición de lo que ocurriría cuatro años más tarde. Clinton dijo que Trump era de esas personas con una mentalidad de que todo aquello que no le favoreciera sería sinónimo de fraude y corrupción. En aquel momento se desataron algunas risas y pronto esa intervención pasó a un segundo plano, hasta que se vieron las consecuencias de esa mentalidad, la tarde del miércoles 6 de enero de 2021.

El antecedente de esa triste jornada se suscitó la noche del 7 de noviembre, cuando los votos emitidos por correo comenzaron a ser contados, volteando la tendencia en favor de Joe Biden y empujando al precipicio de la derrota a un hombre que no concibe ceder, solo golpear. Esta vez, la rabia se desató.

Precisamente rabia, la otra palabra que define a Trump, fue el título del segundo libro que Bob Woodward escribió sobre el magnate, una suerte de secuela de Miedo (2018) que incluyó el testimonio del mismísimo Trump. Se trata de un viaje por el agitado cuatrienio del republicano y cómo enfrentó la amenaza del coronavirus, cuya torpeza a la postre le costaría la Casa Blanca. Ni el propio Woodward se imaginaría lo que estaba por suceder, aún cuando, en las reflexiones finales, sostuvo que viendo el todo de la presidencia de Trump, solo podía llegar a una conclusión: “es el hombre equivocado para el trabajo”.

Lo de Trump fue un deterioro rápido y progresivo. Violentó el proceso al desconocer los resultados; agitó el fantasma del fraude, e hizo presiones políticas al secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperger, para que “encontrara” 11.780 votos y revirtiera el resultado que favoreció a Joe Biden en ese estado el pasado 3 de noviembre. Caso omiso y una sentencia clara del secretario: “Todo lo que sé es que vamos a seguir la ley, seguir el proceso. La verdad importa”.

Con el proceso sin retorno en marcha de su salida del poder; sendas derrotas judiciales y la confirmación en diciembre del Colegio Electoral de la victoria de Biden, el cerco se estrechó sobre el obtuso presidente, aupado por la rabia y acorralado por el miedo al reconocimiento de una realidad innegable: su derrota más dura.

Por si fuera poco, incitó a sus partidarios a ir al Capitolio en la jornada en que la Cámara de Representantes y el Senado votarían para confirmar a Biden y despejarle el camino a su juramentación el próximo 20 de enero. El triste resultado: el “templo” de la democracia fue tomado violentamente por subversivos, imágenes que recorrieron el mundo y consternaron a millones.

El saldo de ese seis de enero fue de cuatro muertos, y una golpeada institucionalidad, machada con la retórica “trumpiana”, promotores del miedo, víctimas de su propia rabia, y cuyas consecuencias aún están por verse, porque si algo es seguro, y muy especialmente cuando se trata del presidente del país más poderoso del mundo, es que las palabras importan.

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