Ya murió el asombro

Por Guarionex Concepción

Una vez leímos, con inusitada sorpresa, que en nuestra pequeña media isla se movilizaban mil 700 kilos de cocaína anualmente.

La noticia cayó como una bomba, por lo enorme que era considerado que se pudiera traficar esos volúmenes de droga, sin que las autoridades responsables se dieran cuenta.

Entonces, lo que fue asombroso hace pocos meses, rompe ahora el saco del asombro, cuando trasciende que en este pequeño territorio fueron manejados ¡650 mil kilos de cocaína en 5 años!

En realidad, no debemos asombrarnos, cuando congresistas, funcionarios civiles y militares, así como dirigentes políticos oficiales y empresarios se ven envueltos entre los inculpados. ¡Así no se salva nadie! La droga puede correr por las aceras y contenes sin que ninguna autoridad la vea.

En pocos años nuestros puertos y aeropuertos, mares y costas, espacio aéreo y carreteras, fueron lugares por donde corrió la droga sin que nada lo impidiera.

Esto vino ocurriendo con mayor crudeza en los últimos 20 años. Demás está preguntarse cuál era el papel del Estado en todo esto, si sus funcionarios ni veían, ni oían ni decían nada, mientras se perdía una valiosa juventud, que consumía o era atraída por el dinero, los autos de alta gama y las hermosas mansiones de los narcotraficantes.

De todas maneras, ya resulta inútil derramar llanto y lamentarse. Eso ocurrió y todos somos culpables. Partidos, organizaciones de la sociedad civil, los gobiernos de entonces, agencias de inteligencia, iglesias, universidades, todos. Y llegamos a esta situación que avergüenza a muchos.

Lo que se tiene que plantear ante esta descomposición social es buscar, crear mecanismos, adoptar actitudes y mover voluntades para frenar esta desvergüenza. Mover fuerzas decididas, reales. No andar con la demagogia barata que, al final nos hundirá a todos como sociedad.

Eso sí, hay que decirle a quienes votan todavía que ¡por Dios! se fijen bien en el candidato por el que depositen su boleta, ya que eso es lo que nos hace culpables por comisión, y a otros por omisión. Ya debíamos estar cansados por la impotencia y abrumados por la vergüenza de saber a la patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón y otros insignes dominicanos, sumida en un estercolero del narcotráfico.

Eso sí, el principal responsable es el Estado. Es quien tiene los recursos y maneja las agencias de inteligencia que pueden poner coto a este desparpajo. Pedir cuentas a quienes tienen que darlas y poner fin de manera taxativa a la impunidad y a las complicidades.

Al pueblo, que elige, cabe pedirle que cierre las puertas y bote las llaves donde no las encuentren los bandidos que por la sed insaciable de dinero, de poder y de fama, propiciaron lo acontecido desde veinte años atrás a esta parte, y sus anexos.

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