Por Gilber G. Gómez Familia
En la historia política reciente de la República Dominicana, pocos liderazgos han marcado una ruptura tan clara con el pasado como el del presidente Luis Abinader. Su llegada al poder en agosto de 2020 no solo implicó una transición partidaria, sino el inicio de una nueva forma de gobernar, donde la transparencia, la eficiencia institucional y el compromiso con el bien común pasaron a ser ejes centrales de la acción pública. Ese estilo y esa coherencia han ido tomando forma como una postura interna en el Partido Revolucionario Moderno (PRM): el Luisismo.
Lejos de representar un culto a la personalidad, constituye una propuesta de país basada en valores democráticos, ética pública, responsabilidad fiscal y modernización del Estado. Es la tendencia que defiende el mérito sobre el clientelismo, la gestión sobre el discurso vacío y la institucionalidad por encima de las prácticas del pasado.
Desde su primer día, el presidente Abinader ha gobernado con un enfoque distinto. Impulsó una transformación institucional sin precedentes, fortaleciendo el Ministerio Público, promoviendo la digitalización del Estado y consolidando mecanismos de rendición de cuentas. Destacando por lo sobrio, técnico y orientado a resultados, alejándose del espectáculo mediático y de los excesos de otras gestiones.
En materia económica, ha logrado un equilibrio admirable entre la atracción de inversiones, la estabilidad macroeconómica y la protección social. Pese a los desafíos globales, el país ha mostrado una de las recuperaciones más dinámicas de la región, al tiempo que se han mantenido políticas de apoyo a los más vulnerables. Obras como la presa de Monte Grande o el monorriel de Santiago no son simples proyectos de infraestructura, sino símbolos de una visión de desarrollo territorial más justa y descentralizada.
Además, se ha posicionado a la República Dominicana en el plano internacional con firmeza y madurez. Frente a la crisis haitiana, el presidente defiende la soberanía con claridad, sin caer en xenofobias ni discursos extremistas. En espacios multilaterales, ha proyectado un país que apuesta por la democracia, la apertura económica y la seguridad jurídica.
Entonces, no solo es un estilo de gobernar, sino una nueva cultura de poder basada en la responsabilidad, la honestidad, la planificación y el respeto por la ciudadanía. Es la respuesta moderna y ética a los desafíos del presente.
Por eso, la verdadera continuidad del cambio iniciado en 2020 debe construirse sobre los principios del Luisismo. La República Dominicana no puede retroceder al pasado ni caer en aventuras populistas o improvisadas. Requiere de una conducción que profundice este modelo, lo expanda y lo consolide. En ese sentido, hay figuras dentro del PRM que representan con claridad esta perspectiva de país, y entre ellas destaca Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón.
Yayo es uno de los defensores más firmes y coherentes de las reformas que ha impulsado el presidente Abinader. No solo es un compañero más de partido: es su primer soldado en la línea de defensa del gobierno, tanto en los momentos de expansión como en los de presión pública. Ha defendido con claridad la reforma policial, la modernización del Estado, el fortalecimiento institucional y la estabilidad económica, asumiendo el costo político que eso implica. Y así como ha sido el primer soldado en la defensa del gobierno de Luis Abinader, también lo será en la defensa de su legado.
Su gestión en la Dirección General de Aduanas es un reflejo fiel de esa visión de Estado: eficiencia, transparencia, simplificación de procesos, tecnología y resultados concretos. Yayo ha sabido demostrar que es posible gestionar con rigor sin perder el contacto con la gente, y que el Estado puede ser motor de competitividad sin sacrificar su función social.
Más allá de su rol institucional, encarna una generación de líderes que no se formaron en la vieja política, sino que creen en un Estado moderno, eficiente y cercano. Representa la continuidad con criterio, con profundidad, con propósito.
Y junto a él, muchos nos estamos sumando cada territorio del país, conscientes de que la transformación no se logra solo en los escritorios, sino también desde los espacios municipales, comunitarios, sectoriales y sociales, construyendo una base sólida para que esta corriente ética y moderna tenga rostro en cada barrio, en cada distrito, en cada municipio. Porque creemos en una República Dominicana que funcione para todos y entendemos que ese propósito comienza desde lo más cercano a la gente, trabajando hombro a hombro con las comunidades, para que la continuidad del cambio no sea un eslogan, sino una realidad sentida en las aceras, los parques, las escuelas, los mercados y los servicios públicos. No se trata de aspiraciones personales, sino de estar preparados para servir con la misma convicción con que Yayo ha servido desde el Estado.
En pocas palabras, si el Luisismo ha demostrado que otra forma de gobernar es posible, su consolidación y proyección futura dependen de que logre estructurarse como una corriente con rostro, ideas y liderazgos que mantengan viva su esencia. La historia juzgará los gobiernos por sus resultados, pero también por su legado. Y el legado de Abinader, si encuentra continuidad real en figuras como Yayo, puede marcar un antes y un después duradero en la política dominicana.





