Por Joan Leyba Mejía
La impresión que vende y ha vendido por catorce años de famélica democracia en este país el Partido de la Liberación Dominicana, es de poseer el mantenimiento y control de unas fuerzas cohesionadas en torno a su «proyecto-nación», y que por ello está revestido de una reciedumbre electoral imbatible. La realidad pudiera no ser esa. Sin embargo, la forma en que han adormecido al pueblo es suficiente para que, mediante la selección simple de datos superfluos, la gente asuma que ellos estarán en el poder por un tiempo más allá del que un día profetizó Leonel Fernández en medio de la embriaguez que provoca la arrogancia.
Ellos, a diferencia del conglomerado sociopolítico disperso que se debate entre la miopía, la utopía y el narcisismo, ese que de algún modo llamamos oposición, tienen claras sus ideas y definidos sus objetivos y han podido concentrar sus energías en el manejo a cualquier precio del Presupuesto de la Nación. Quizás, por ser la única vía que los conduce a la unidad de criterios. Motivo suficiente para pactar una amnistía simulada por los daños que les han dejado los procesos internos y comprar toda conciencia a la que el hambre y el hombre, por las razones que fueren, les hayan colocado un precio.
Su discurso es un conjunto de palabras huecas alejadas de la práctica, pero en la práctica han hecho las cosas que en política deben ser concebidas y que generan los votos necesarios para que una estructura, cual que sea, conserve el control de la cosa pública. Han sabido mantener encendida la llama de la discordia en otros grupos políticos, entreteniéndolos en asuntos pueriles y afianzado la idea de ser un partido invencible, en un mundo donde la ideología sucumbe frente a la terrible realidad del hombre humilde cuando le nace la perentoria necesidad de vivir o simplemente de comer.
Aprendieron del poder lo que otros ni por asomo han aprovechado en su largo trajinar por el sendero de la oposición. Advirtieron con tiempo lo difícil de hacer política lejos de la nómina del Estado. Y se han mantenido fieles a las prácticas indecorosas con las que ganan elecciones, porque ese partido como diría el gorila mayor -Gutiérrez Feliz- en un artículo del 23 de mayo del 2016, titulado Invencible: “…arribó a conclusiones de tanta seriedad e importancia, que servirán por muchos años todavía, como brújula perfecta, del conocimiento no solamente de la ciencia política, sino también de la interpretación de los matices de la sociedad en la cual hemos nacido y vivido”.
Así, sin más preocupación que, no sea la resultante de una necesidad patológica, por manosear a su antojo los recursos públicos, han creado de forma sutil los estímulos necesarios con los que logran adocenar sobre la base de la mediatización de los procesos sociales y la burda utilización del dinero del pueblo, a la gente de a pie. De igual forma, han parido un monstruo que devora toda aspiración de otra fuerza política que pretenda alcanzar el poder, haciéndolos ver incapaces de lograr tal proeza y han gobernado justamente por el hecho de que la población ya les compró el discurso que indica la incompetencia de la oposición para derrotarlos en una contienda electoral.
Su misión podría, como en efecto lo es, no ser sana y mucho menos plausible. Pero deja una enseñanza clara a aquellos que pretenden administrar el aparto del Estado con la anuencia y participación de los ciudadanos por la vía del sufragio universal. Que si no se destruye primero la imagen de “invencibles” con la que permearon el imaginario popular, será muy difícil desterrar de las instituciones públicas a esos depredadores.
No quiero, ni es mi estilo ser portavoz del pesimismo electoral, pero la realidad me convoca a dar un grito de alerta a la oposición partidaria, que se debate entre las ínfulas triunfalistas que los ha caracterizado siempre y las realidades fácticas del quehacer político cotidiano. Aparentemente inadvertida de la apreciación que la gente tiene sobre ellos y que es su más acérrimo enemigo. Que existe un fenómeno psicosocial por el que han perdido las ultimas batallas y que los peledeístas han sabido sacarle provecho para menguar el avance socioeconómico y la construcción del Estado de bienestar pendiente todavía, ese enemigo es sin dudas… la percepción.





