Terremoto de Haití, un buen espejo para RD

No hay razones para negar que no estamos a las puertas de un desastre provocado por humanos.

Por Tony Pérez
Siguen contando muertos, lesionados, desaparecidos y daños a las infraestructuras en el sudoeste de Haití, tras el seísmo de 7,2 grados Richter ocurrido el sábado 14 de agosto de 2021, a las 8:29 de la mañana, a diez kilómetros de profundidad y a 8 kilómetros de la ciudad de Petit Trou de Nippes, 150 kilómetros al oeste de Puerto Príncipe.

Pero jamás se sabrá la cifra exacta de víctimas, ni terminarán con el rescate debido a la falta de equipos, socorristas y a la cantidad de personas sin documentación (muertos civiles), ha expresado William Pierre, vocero de la comunidad haitiana en Chile.

Según la Dirección de Protección Civil, el miércoles 18 de agosto, tenían registrados 2,189 decesos, 12,268 lesionados y 332 desaparecidos. 650,000 personas necesitan ayuda humanitaria, es decir, el 40 % de los tres departamentos más afectados.

Las autoridades han identificado 52,953 viviendas destruidas y 77,000 con daños. El representante del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en ese país, Bruno Maes, ha reportado 20 escuelas totalmente destruidas y 74 parcialmente destruidas. De 1,2 millones de personas afectadas –precisa-, 540 mil son niños.

Las clases comenzarían el 6 de septiembre, según la ministra de Educación Nacional y Formación Profesional, Marie Lucie Joseph. La cantidad de víctimas habría sido mucho mayor si el movimiento telúrico hubiera ocurrido en la madrugada, cuando la población dormía. O en pleno año escolar.

El 12 de enero de 2010, a las 4:53:09 de la tarde, Puerto Príncipe fue sacudido por un movimiento telúrico de 7 grados. La escasa profundidad (hipocentro: 10 kilómetros), la cercanía a la ciudad (epicentro: a 15 kilómetros), la malísima calidad de la infraestructura y la falta de cultura de prevención provocaron el desastre: gran parte de la capital destruida y unos 300 mil muertos.

¿Necesitamos más espejos para aprender y evitarnos un desastre por falta de prevención?

Tenemos uno enfrente, y es “más claro que el agua”. Haití es una república con sus particularidades económicas, políticas, sociales y culturales. Pero no existe en el cielo. Ocupa 27,750 kilómetros cuadrados de la parte oeste de la misma isla caribeña que nosotros. Y las fallas geológicas en las placas tectónicas no distinguen países. Ellas se entrecruzan en las entrañas de nuestra tierra. Y, como parte de su normalidad, necesitan liberarse de energía acumulada. Inevitable.

Así las cosas, vivimos en un lugar sísmico, y la única solución a la vista es diseñar estrategias que nos permitan mitigar daños a las construcciones y evitar fallecimientos. Y es lo que menos hacemos.

Solo recordamos los temblores cuando los sentimos. Entonces nos da por correr para las redes sociales a escribir: ¡Tembló! ¿Lo sentiste?

Se trata de una reacción espumosa que ni siquiera motiva a la gente a documentarse sobre las causas de estos fenómenos naturales.

El ingeniero Leonardo Reyes Madera, experto en diseños de construcciones sismorresistentes y ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Sismología de Ingeniería Sísmica, lleva al menos una década advirtiendo que se debe reforzar edificaciones públicas y privadas para evitar efectos devastadores cuando ocurra un terremoto potente.

Para el experto, las escuelas y los hospitales requieren especial atención.

Su preocupación es válida y debería generar una movilización nacional que no pare hasta lograr que ricos y pobres se alineen en la cultura de prevención. Nunca será dolorosa y será infinitamente menos cara.

En RD, la exclusión social ha provocado que millones de familias se vean obligadas a orillarse en sitios altamente vulnerables. Los semilleros de casuchas son comunes. Fácil predecir la tragedia.

La clase media no pierde oportunidad para agregar pedazos a sus viviendas, sin importar que sean individuales o en condominio. Aumentan los riesgos.

Muchas constructoras de la industria inmobiliaria juegan a la ignorancia y a la desprotección de los consumidores vendiéndoles apartamentos hechos a la carrera en cualquier lugar, con materiales de mala calidad, poco acero y sin el mínimo criterio de sismorresistencia. Todo el mundo lo sabe, pero se impone el temor a erizar la piel de poderosos.

Y las construcciones estatales son un desastre. No hay que ser científico para identificar graves vicios en escuelas, liceos, hospitales, puentes, carreteras, viviendas. En pocos días, ellos afloran solos. Y el mantenimiento es nulo. Predomina la convicción de que el Estado a nadie sanciona. Es el peor crimen.

Con ese panorama, no hay razones para negar que no estamos a las puertas de un desastre provocado por humanos cuando aquí ocurra un sacudión de siete, ocho o nueve grados Richter, que es muy probable, según la convicción de sismólogos conforme el histórico de la actividad sísmica en La Española.

Urge que prestemos atención sostenida a ese drama, para que luego, de manera irresponsable, no digamos que los muertos, heridos y daños a la propiedad fueron un mandato divino

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